lunes, 20 de abril de 2015

EDUCACIÓN Y LIBERTAD



Filosofía de la educación
Edición de Guillermo Hoyos Vásquez(Colombia)
FILOSOFÍA, POLÍTICA Y EDUCACIÓN: SOBRE LA LIBERTAD
Newton Aquiles von Zuben y Silvio Gallo(Brasil)

El tema de la libertad es, quizás, uno de los problemas más importantes que se deben tener en cuenta por la filosofía de la educación.
Por lo menos desde la Modernidad, el problema ha sido abordado por pensadores de la dimensión de Rousseau o de Kant, por citar sólo dos ejemplos. ¿Educamos para la libertad? ¿Educamos por la libertad?
¿Cuál es la relación de la disciplina con la libertad? Éstas son algunas de las preguntas con las cuales nos enfrentamos.
En el campo de la filosofía de la educación es imprescindible que se trabaje con los conceptos para que la reflexión educacional no pierda la dimensión filosófica, por lo que, al pensar las relaciones de la libertad con la educación, de la libertad en la educación, es de fundamental importancia recorrer el análisis conceptual de ese fenómeno humano.
En ese tránsito, encontramos al menos dos grandes posiciones:
una que establece la dimensión política de la educación y que discute la libertad en ese contexto, como una dimensión social;  
Otra que «despolitiza» la educación, situándola en un ámbito anterior al político, y consecuentemente tratando la libertad en una dimensión más antropológica e individualista.
Evidentemente, cada una de estas posiciones tiene sus principios y sus trayectos.
En este texto nos proponemos examinar conceptualmente el fenómeno de la libertad, así como la cuestión de sus relaciones con los procesos educativos, según dos prismas de matices filosóficos diferentes y que, a primera vista, pueden parecer inconciliables:
el pensamiento político contemporáneo de Hannah Arendt y la propuesta de una «pedagogía liberadora» hecha por filósofos y activistas anarquistasdesde la mitad del siglo XIX y durante el siglo XX.
Como conclusión, intentaremos demostrar que esos dos prismas se  interrelacionan, permitiendo un análisis filosófico del fenómeno de lalibertad en sus relaciones con el fenómeno educacional.
En el recorrido de algunas obras de Arendt ubicaremos el análisis conceptual de la libertad en su aspecto político, buscando demostrar que los aportes de la filosofía política son de gran importancia para el tema. Mediante la visita a algunas teorías y experiencias pedagógicas de los anarquistas, incorporaremos al debate proyectos concretos que interrelacionan libertad y educación.

1. HANNAH ARENDT Y EL «ACONTECIMIENTO» LIBERTAD
El pensamiento político de Hannah Arendt representa, de modo pertinente, un horizonte de significación para pensar cuestiones cruciales de la actualidad, como la experiencia de la libertad. En la observación de Margareth Canovan:

Toda su obra es atravesada por el énfasis en la posibilidad de la libertad [...]. Su comprensión de ese término es seguramente sin precedentes —Tocqueville y Montesquieu son precursores ocasionalmente reconocidos por ella—, pero no se puede negar que sea contraria a toda concepción y uso común de ese término (Canovan, 1974, 73).
Ese concepto se une a otros para formar el armazón central alrededor del cual se fue solidificando el edificio del pensamiento político de Arendt. Desde Los orígenes del totalitarismo, donde denuncia
de modo severo toda forma de dominación e intenta saber qué pasó, por qué pasó y cómo pudo pasar, refiriéndose al terror de los sistemas totalitarios, Arendt se esfuerza en pensar, como índice del mundo moderno, la «ruptura» en relación con categorías diferentes de las ofrecidas por la tradición.
El escenario donde la cuestión de la libertad es pensada por Arendt, junto a otros temas como la tradición, la historia, la autoridad, la educación, la cultura, la verdad, muestra una brecha entre el pasado y el futuro, metáfora para expresar lo que Arendt llamó ruptura con la tradición. Arendt se inspira, en sus reflexiones, en la introducción de su libro Entre el pasado y el futuro, en un verso del poeta francés René Char: Notre heritage n’est précédé d’aucun testament. ¿Cómo entender esa ausencia de testamento? Arendt nota que «sin testamento o, para sortear la metáfora, sin tradición —que selecciona y denomina, que transmite y preserva, que indica dónde están los tesoros y cuál es su valor—, parece que no existe una continuidad voluntaria en el tiempo y, por tanto, hablando en términos humanos, ni pasado ni futuro...» (Arendt, 2003, 16).
La cuestión de la libertad se inserta en un escenario más amplio, que es el proyecto de recuperación del espacio público. Y aún más, para Arendt no se piensa la educación prescindiendo del registro de la «política». Ésta tiene como fundamento la acción, la esencia de lo humano en el sentido de la capacidad de comenzar algo nuevo.
Actuar políticamente es la iniciativa de alguien en el seno y en vista de un «nosotros».
La educación es relevante en el proyecto de la civilización, y eso significa que ella debe preservar la capacidad de iniciativa de los que llegan a este mundo. Del mismo modo, la autoridad consiste en hacer posibles nuevos comienzos. Y eso explica, en gran medida, la fascinación de Arendt por los «padres fundadores» de la democracia americana. Lo que ella admira en la revolución americana es el hecho de que no pretende instaurar una «tabla rasa». Ella rompe, de hecho, pero al hacerlo se inserta sobre lo que es; guarda memoria. Son los múltiples comienzos, que son portadores del proyecto democrático.
Arendt fue criticada por idealizar el modelo griego de la polis. Poco importa que lo transforme en índice de una exigencia y no en un paradigma histórico para ser seguido. Lo que es notable y original en el escenario de la filosofía política es el modo claro y riguroso con que Arendt afirma, en términos sencillos, la libertad como razón de ser del político. «La raison d’être (en francés en el original) de la política es la libertad, y el campo en el que se aplica es la acción» (ibid.,231).
Tal proposición resume el armazón del pensamiento político de Arendt. Libertad, acción, natalidad, pluralidad son conceptos heurísticos cuya comprensión y articulación nos ofrecen el paradigma de la política como actuar en común.
Pensar lo político con vistas a la experiencia de la acción nos lleva a reconocer la propia experiencia vivida por Arendt en el totalitarismo como una experiencia incontestable de lo político en el mundo
contemporáneo. En realidad, el fenómeno totalitario, experiencia fundacional de la reflexión política de Hannah Arendt, aunque colocado en el pasado, no forma parte totalmente del pasado, pues, como señaló, el suelo del cual brotó ese fenómeno aterrador es el mismo que dio a luz a la democracia liberal. Ambos son horizontes posibles de la Modernidad política, esclareciéndose mutuamente. Arendt se interesó por el totalitarismo como fuente de su reflexión y por ser
como un «excedente de todo régimen y un riesgo, de ahora en adelante inevitable, de disolución completa, violenta o disimulada, del mundo común» (Collin, 1999, 40). Ese mundo común no es algo dado, sino un dispositivo móvil que se reinventa a cada instante y que tiene su poder en la iniciativa renovada de cada uno en la confrontación con los otros (ibid., 5). El mundo común es compartido, y ningún individuo ni ningún grupo se pueden apropiar de él.
Para comprender el tema de la libertad en el horizonte de la obra de Arendt, creemos recomendable situarla en una doble perspectiva.
En primer lugar, es oportuno considerar la idea de ruptura con la tradición, así como la ausencia de testamento de nuestra herencia, cuando Arendt retoma y analiza el verso de René Char. Con esa
observación, Arendt quiere significar la novedad de lo que ocurrió en Europa con el totalitarismo. Siendo absolutamente nuevo, nada podía haberlo anunciado. No había testamento, esto es, pistas indicativas, signos o marcas de cualquier orden que ofrecieran algún indicio para prever su surgimiento. Ésa es la idea. Y, precisamente, fue tal acontecimiento el que provocó la ruptura del hilo de la tradición.
Para Arendt esa expresión de René Char es una modificación de la afirmación de Tocqueville «Toda vez que el pasado dejó de arrojar luz sobre el futuro, la mente del hombre vaga en la oscuridad»
En segundo lugar, es destacable el especial énfasis que le otorga Arendt a la idea del acontecimiento de la experiencia viva. Al presentar los ocho ensayos publicados con el título Entre el pasado y el futuro, Arendt observa:

De un modo más específico, se trata de ejercicios de pensamiento político, tal como surge de la realidad de los incidentes políticos (aunque esos incidentes se mencionen sólo de manera ocasional), y mi tesis es que el propio pensamiento surge de los incidentes de la experiencia viva y que debe seguir unido a ellos, a modo de letrero indicador exclusivo que determina el rumbo (Arendt, 2003, 30).
En ese sentido, perdido el hilo de la tradición, se impone una relectura de esa tradición:

Al perder la tradición, también perdimos el hilo que nos guiaba con paso firme por el vasto reino del pasado, pero ese hilo también era la cadena que sujetaba a cada generación a un aspecto predeterminado del pretérito (ibid., 149).
Arendt propondrá la recuperación de lo político, de la acción, de la palabra, de la iniciativa para comenzar algo nuevo; en suma, de la libertad como razón de ser de la política.

Es relevante tener en cuenta el primer momento de las reflexiones de Hannah Arendt, esbozado en el clima de su primera obra importante, Los orígenes del totalitarismo: momento en que denuncia
la ruptura con la tradición, la brecha entre el pasado y el futuro. Se trata también, para Arendt, de una ruptura biográfica y filosófica.
«No pertenezco al círculo de los filósofos, mi oficio [...]. Podría hablar del 27 de febrero de 1933 [...]» (Arendt, 1987, 22, cit. en Amiel, 1997, 8).
Y observa Arendt:

Cuando el hilo de la tradición se rompió por fin, la brecha entre el pasado y el futuro dejó de ser una condición peculiar, sólo para la actividad del pensamiento, y se restringió a la calidad de una experiencia de los pocos que hacen del pensamiento su tarea fundamental.
Se convirtió en una realidad tangible y en perplejidad para todos; es decir, se convirtió en un hecho de importancia política (Arendt, 2003, 29).
La idea del vínculo estrecho con el acontecimiento revela el carácter experimental de los ensayos de Arendt presentes en esa obra.
Como ella misma afirma, son ejercicios de pensamiento:
El carácter experimental de las obras de Arendt, que son al mismo tiempo «ejercicios de pensamiento político», proviene del hecho de que el acontecimiento revela públicamente que la tradición se ha debilitado a causa de él, que la filosofía política ha caducado (Amiel, 1997, 10).
Para Arendt el totalitarismo es el imprevisible acontecimiento responsable de la ruptura con la tradición. El acontecimiento totalitario ha «pulverizado manifiestamente nuestras categorías morales tanto como nuestros criterios de juicio moral» (citada por Amiel, 1997, 13). En verdad, comprender el totalitarismo, en la expresión de Amiel, es comprender el corazón de nuestro siglo y una ruptura con la tradición. Frente a un fenómeno inédito, se exige un esfuerzo fuera de lo común para aceptar y enfrentar ese nuevo acontecimiento (ibid., 28). Lo que está en juego en ese evento es la naturaleza humana que el dominio total pretende transformar. «El totalitarismo —comenta Amiel— no aspira a un reino despótico, sino a un sistema en que los hombres sobran y los individuos son reducidos a especímenes de una especie animal» (ibid., 34).
¿Cómo entender el totalitarismo? Según Arendt, la naturaleza y el principio del gobierno totalitario son el terror y la ideología; la experiencia fundamental donde arraigan es la desolación o el desamparo (ibid., 40). El totalitarismo destruye el espacio entre los hombres, masificándolos, y, como consecuencia, es destruida la condición de toda libertad. El totalitarismo prescinde de un principio de acción, pues, en último análisis, se trata de erradicar cualquier posibilidad
de acción:
Mientras que, bajo las condiciones presentes, la dominación totalitaria todavía comparta con otras formas de gobierno la necesidad de una guía para el comportamiento de sus ciudadanos en los asuntos públicos, no necesita e, incluso, no podría utilizar un principio de acción, estrictamente hablando, dado que eliminará, precisamente, la capacidad de los hombres para actuar (Arendt, 1999, 567).
El terror arruina todas las relaciones entre los hombres, la autocoacción de la lógica destruye todas las relaciones con la realidad. El régimen totalitario se establece sobre una experiencia humana que es la desolación en la esfera de las relaciones humanas. «El aislamiento puede ser el comienzo del terror —afirma Arendt— [...] Su característica es la impotencia [...] por definición, los hombres aislados carecen de poder» (ibid., 575). La desolación es el suelo común de la ideología y del terror. «Lo que llamamos aislamiento en la vida política se llama soledad en la esfera de las relaciones sociales» (ibid.). El aislamiento corresponde, según Arendt, al terreno político de la vida, mientras que la soledad se refiere a la vida como un todo.
Como para Arendt la realidad y el sentido de la realidad dependen de la pluralidad de hombres, del sentido común, con el significado de algo producido en común por la comunidad, el camino a seguir para reemplazar esa superfluidad a la que el individuo fue sometido, así como al aislamiento, a la desolación, será el intento de restauración de la capacidad para la acción, o la libertad, que son una sola realidad. Si Arendt deseaba saber lo que ocurrió, cómo ese acontecimiento tuvo lugar y por qué, ahora, después de Los orígenes del totalitarismo, sus reflexiones tendrán como propósito investigar la vita activa que expresa las tres actividades humanas fundamentales: labor, trabajo y acción. En el prólogo de La condición humana, Arendt declara su intención claramente:
«Lo que propongo, por tanto, es muy sencillo: reflexionar sobre lo que estamos haciendo» (Arendt, 1981, 13). En ese proyecto filosófico de envergadura, desarrollado en La condición humana, Arendt presenta una fenomenología de la acción. El libro, según Arendt, trata de las manifestaciones elementales de la condición humana, «aquellas actividades que tradicionalmente, y también según la opinión corriente, están al alcance de todo ser humano» (Arendt, 1978, 13).
Posteriormente, Arendt publicará la obra Entre el pasado y el futuro, que reúne ensayos también clasificados como «ejercicios de pensamiento», como ya enfatizamos anteriormente. Se trata de pensamiento anclado en el acontecimiento de la experiencia viva, y es por medio de esos acontecimientos por lo que como pensamiento recibe orientación. «El acontecimiento por sí mismo requiere comprensión, y la autoriza. O incluso la comprensión, reconciliadora, es la otra cara
de la acción» (Amiel, 1997, 49). Hannah Arendt inicia su ensayo ¿Qué es la libertad? de modo casi irónico, afirmando que el simple enunciado de la cuestión puede ser algo irrealizable. Eso se debe a la contradicción entre el plano de nuestra experiencia vivida y el plano teórico:
En todos los asuntos prácticos, y en especial en los políticos, pensamos que la libertad humana es una verdad obvia y, basados en este supuesto axiomático, se dictan leyes, se adoptan decisiones y se aplican sentencias en las comunidades humanas (Arendt, 2003, 227).
La preocupación inicial de Arendt es advertir al lector. Desarrolla su pensamiento adoptando una postura que caracteriza casi la totalidad de su obra. Ricoeur se refiere a «la sorprendente vigilancia semántica de un pensamiento que se atribuye como tarea —muchas veces como primera tarea— separar conceptos; lucha contra los enredos tanto en el discurso como en la acción» (Ricoeur, cit. en Abensour, 1989, 141).
La originalidad de la concepción de Arendt reside en la clara diferencia entre la libertad política, de un lado, y la libertad interior, de otro. Adelanta, incluso, una oposición entre las dos nociones. Tal concepción se opone frontalmente a la idea universalmente admitida de que la libertad es algo únicamente relativo a la vida privada del individuo. Afirma Arendt:
Por todo esto, a pesar de la gran influencia que el concepto de una libertad interior no política ejerció en la tradición del pensamiento, no parece aventurado decir que el hombre no sabrá nada de la libertad interior, si antes no tiene, como una realidad mundanamente tangible, la experiencia de su condición de ente libre (Arendt, 2003, 234).
Para ser libre, existe una condición: el hombre requiere haberse librado de las necesidades de la vida. Forma parte de la condición humana el hecho de que el hombre se considere parte de la naturaleza, sujeto a las fuerzas de la naturaleza y, al mismo tiempo, un ser no natural, capaz de crear cosas nuevas y de actuar. El hombre es, por tanto, un ser libre y determinado. Una vez que se ha librado de las fuerzas naturales, él puede, en la compañía de otros hombres «que estuvieran en la misma situación y de un espacio público común en el que se pudiera tratarlos; en otras palabras, un mundo organizado políticamente en el que cada hombre libre pudiera insertarse por palabra y obra» (ibid., 235)2.
Para Arendt, la libertad relacionada con la política no es un fenómeno de la voluntad. No se trata de libre arbitrio, «una libertad de elección que juzga y decide entre dos cosas dadas, una buena yotra mala...». La libertad de acción, para Arendt, debe ser libre de motivos y de fines. La acción libre escapa de la tutela del intelecto y de la voluntad, «surge de algo por completo diferente que, siguiendo el famoso análisis de las formas de gobierno hecho por Montesquieu, llamaré principio» (ibid., 240). Independiente de los motivos, el principio no opera a partir del interior. El principio actúa desde el exterior y, siendo bien general, no prescribe metas particulares, «pues a diferencia del juicio intelectual que precede a la acción, y a diferencia del mandato de la voluntad que la pone en marcha, el principio inspirador se manifiesta por entero sólo en el acto mismo de la ejecución».
Arendt observa enseguida que la tradición cristiana se convirtió en factor decisivo para la historia del problema de la libertad (cf. Arendt, 1979, 204): «Casi automáticamente igualamos la libertad con el libre albedrío, es decir, con una facultad virtualmente desconocida para la Antigüedad clásica»
Para Arendt la idea de libertad no tuvo ningún papel en la filosofía antes de san Agustín. «La causa de este hecho sorprendente es que, en la Antigüedad griega y en la romana, la libertad era un concepto exclusivamente político, en sentido estricto, la quintaesencia de la ciudad-Estado y de la ciudadanía» (Arendt, 2003, 248). La libertad se convirtió en problema, uno de los principales de la filosofía, «cuando se tuvo de ella la experiencia de algo que ocurría en la interrelación de uno mismo con su propio yo, y fuera de la interrelación de los hombres» (ibid., 249). Y más: «Por tanto, la libertad, el centro mismo de la política tal como la entendían los griegos, era una idea que, casi por definición, no entraba en el marco de la filosofía griega« (ibid.248). Libertad era sinónimo de libre arbitrio, «y la presencia de la libertad se experimentó en la soledad total» (ibid., 249).
La libertad, como problema filosófico, estaba insertada en una esfera apolítica. Arendt, por el contrario, la sitúa decididamente en la esfera política. Aún más, la aproxima a la idea de comienzo, de inicio. Y haciendo referencia al De civitate Dei de Agustín, en el Libro XII, capítulo 20: «El hombre es libre porque él mismo es un principio y fue creado una vez que el universo ya existía:
Y observa: «El hombre puede empezar porque él es un comienzo; ser humano y ser libre son una y la misma cosa. Dios creó al hombre para introducir en el mundo la facultad de empezar: la libertad« La afirmación de semejanza o de identidad entre las ideas de libertad y de acción política, o el actuar en el espacio público, tiene su base, de acuerdo con Arendt, en la concepción que los griegos tenían de libertad. Según Arendt, los griegos entendían que nadie puede ser libre sino entre sus iguales.
Retoma la idea de Herodoto:
La libertad como fenómeno político data del surgimiento de las Ciudades-Estado griegas. Desde Herodoto fue entendida como organización política, en la que los ciudadanos vivían en conjunto, en condición de no-mando, sin división entre gobernados y gobernantes

Esa ausencia de mando, de autoridad, se revelaba por el término isonomía. La isonomía era descrita como una de las formas de gobierno, en la cual la autoridad (arquia, de a[rcein, y cracia, de kratevin) estaba ausente (cf. ibid., 30). La polis era considerada una isonomía; no una democracia. El punto esencial, prosigue Arendt, «de la ecuación de Herodoto de libertad como ausencia de gobierno, era que el propio gobernante no era libre; al asumir el dominio sobre otros, se priva de sus propios pares, entre los cuales podría ser libre»
Estaría, así, destruyendo el espacio político y, como resultado, habría ausencia de libertad para sí y para los otros. Comentando el ensayo Sobre la revolución, de Arendt, Anne Amiel afirma: «El objeto de Sobre la revolución es comprender el significado de un fenómeno específicamente moderno que expresa la coincidencia de la idea de libertad y de la idea de comienzo»
Se puede entender, con esas breves consideraciones, cómo se articulan para Hannah Arendt la acción, como capacidad de iniciar algo, la pluralidad, la política y la libertad. La pensadora lo resume en las siguientes palabras:
El campo en el que siempre se conoció la libertad, sin duda no como un problema, sino como un hecho de la vida diaria, es el espacio político. Todavía hoy, lo sepamos o no, el problema de la política y el hecho de que el hombre sea un ser dotado de la posibilidad de obrar tienen que estar vívidos sin cesar en nuestra mente cuando hablamos del problema de la libertad, porque la acción y la política, entre todas las capacidades y posibilidades de la vida humana, son las únicas cosas en las que no podemos siquiera pensar sin asumir, al menos, que la libertad existe, y apenas si podemos abordar un solo tema político sin tratar, implícita o explícitamente, el problema de la libertad del hombre. [...] La raison d’etre de la política es la libertad, y el campo en el que se aplica es la acción
Las consecuencias, para la esfera de la educación, de considerar la libertad en su sentido político no son pocas ni superfluas.

FILOSOFÍA, POLÍTICA Y EDUCACIÓN: SOBRE LA LIBERTAD
Desde la Revolución francesa, con la institución de una sociedad burguesa, la masa asalariada de los trabajadores viene luchando para conseguir que el Estado ofrezca un sistema educativo que propicie mayores y mejores oportunidades para los operarios y para sus hijos. Así, los partidos políticos, en especial aquellos considerados «de izquierda», siempre incluyen en sus programas propuestas para la educación, y en los movimientos sociales es constante la crítica a la educación burguesa junto a una gama de propuestas para la realización de una educación renovadora e inclusive revolucionaria.

La educación burguesa es, al mismo tiempo, reflejo y fuente de la desigualdad social: expande una visión del mundo que ofrece como garantía acomodarse, y enseña a ricos y pobres a conformarse con la estructura social, que debe ser percibida como inevitable e inmutable. La educación burguesa existe para adaptar a los individuos a la sociedad, educándolos para que sean como deben ser socialmente, expandiendo y concretando la «mismidad». La diferencia, la singularidad, es peligrosa, pues pone en riesgo la «inmutabilidad» del sistema social. La educación burguesa constituye una pedagogía de la seguridad, pues adapta al individuo a las instituciones, enseñando el miedo a lo nuevo; y también porque, con ello, garantiza la seguridad de la estructura social.
Con un giro de ciento ochenta grados, encontramos en el lado opuesto de la recta el objetivo de la educación libertaria: educar a la persona para que sea lo que es. Libre, consciente de sus diferencias y de la importancia de su relación con lo social. Herbert Read advierte que, incluso centrando el objetivo de la educación en el desarrollo de la singularidad de cada individuo, la pedagogía anarquista no es individualista. Se trata, en verdad, de un proceso paralelo de individualización y de integración: al mismo tiempo en que el individuo se singulariza, gana conciencia de que su diferencia sólo adquiere sentido en el contexto colectivo, armonizándose con las diferencias de los demás. Educar es, entonces, dar condiciones a cada persona para que se descubra como individuo libre y como ser social; es darle condiciones para que pueda comprender y realizar, en justa medida,
la dialéctica del individuo social, su libertad en la libertad del otro.
En este sentido, la educación anarquista constituye una pedagogía del riesgo, por instigar a la libertad de las personas para arriesgar, por atreverse a creer en cambios, en la transformación, y en su posibilidad práctica.
La educación burguesa tendría por objetivo, pues, expandir la ideología de perpetuación y conservación del sistema social, así como enseñar a ver el mundo de un modo socialmente aceptado y a actuar de acuerdo con esos parámetros. La educación anarquista, a su vez, tiene por objetivo desestructurar esta ideología social y enseñar la libertad, para que cada uno piense y actúe a su manera, creando su propia ideología, asumiendo su singularidad, sin cerrarse a la amplitud del medio social.
A partir del momento en que las personas se educan para la libertad y la igualdad en el seno de una sociedad de explotación y desigualdad, ya se está haciendo la revolución, se está empezando a cambiar las conciencias, se está dando oportunidad de que se vea el mundo de otra forma, fuera de la óptica de la dominación, lo que, en la perspectiva utópica, significa la apertura del horizonte de posibilidades. Así, ver el mundo de otra forma es el primer paso para la transformación, pues nadie transforma nada si no logra ver que las cosas pueden ser diferentes.
Como el saber es uno de los pilares del poder, el dominio del conocimiento es la base del dominio económico. Mantener a las masas en la ignorancia es mantenerlas en la miseria, por no tener condiciones prácticas de organización, de reivindicación de los derechos cuya existencia desconocen. Lógicamente, para que terminen las desigualdades, es necesario que el poder sea distribuido integral e igualitariamente por toda la sociedad. Es necesario que todos dominen el
conocimiento disponible, ya que sólo puede ser producido a través del concurso de toda la sociedad.

Una educación integral es fundamental en nuestros días para que las escuelas puedan abandonar el modelo hasta entonces hegemónico de transmisión de informaciones. Aquí continúan siendo válidas las críticas de los anarquistas y sus propuestas de alteración de ruta. Una educación intelectual dirigida al proceso y no al producto, que privilegie la curiosidad, la búsqueda, la construcción de saberes, puede formar individuos mucho más articulados con las necesidades contemporáneas.
Para finalizar, la educación moral. En nuestros días, no cesa de decirse que vivimos una crisis de valores, y que la educación no ha sabido lidiar con ello. Veamos, ¿no es exactamente de esa crisis de valores y de la búsqueda de alternativas a las que se refería la ecuación moral en las experiencias libertarias? Una educación contemporánea comprometida con la transformación de los valores, con la construcción de la libertad, de la autonomía, de la solidaridad, con la formación de seres humanos plenos, saludables, conscientes y activos, tiene mucho que rescatar de la educación integral en moldes anarquistas.
No es nuestra intención finalizar este escrito intentando demostrar «ecos anarquistas» en la filosofía política de Hannah Arendt; tampoco, que los anarquistas hubieran «anticipado» cuestiones desarrolladas por ella. Sencillamente reiteramos que, al tratar el tema de la libertad en la filosofía de la educación, esas dos fuentes de pensamiento tan diferenciadas pueden ofrecer aportes interesantes y fundamentales.
La cuestión central, señalada tanto por Arendt como por los anarquistas, aunque por caminos distintos y de diferentes formas, como ya tuvimos la oportunidad de señalar, enfoca el carácter po-
lítico —o social— de la libertad. Pero ¿y en relación con el carácter político de la educación?
En el ensayo ¿Qué es la autoridad?, Arendt evidencia el carácter prepolítico de la educación. Su argumentación parte del principio de que la autoridad es legítima en educación (lo que será retomado en el ensayo La crisis en la educación) y se basa precisamente en el diferente estatus entre niños y adultos. Si la isonomía es fundamental en la esfera de la acción política, no puede ser considerada en el ámbito de la relación pedagógica bajo el riesgo de disolver la relación. En otras palabras, si la acción política es la acción entre iguales, en libertad, la relación pedagógica es una relación entre desiguales —el adulto y el niño—, que prepara a este último para su futura vida política.
Esas dos esferas no deben ser confundidas, ya que pueden ocasionar daños para ambas. Vale la pena retomar su raciocinio:
La relación entre viejos y jóvenes es educativa en esencia, y en ella la educación está presente sólo como una preparación de los futuros gobernantes, llevada a cabo por los actuales gobernantes. Si el gobierno tiene que ver en esto, se trata de algo por completo distinto de las formas de gobierno políticas, no sólo porque es limitado en tiempo e intención, sino también porque se produce entre personas que, en potencia, son iguales. No obstante, la sustitución de la educación por el gobierno tuvo unas consecuencias de muy largo alcance. Sobre esa base, los gobernantes se mostraron como educadores y los educadores fueron acusados de gobernar. Entonces, como ahora, nada era más cuestionable que la importancia política de los ejemplos tomados del campo de la educación. En el campo político, siempre tratamos con adultos que ya superaron la edad de la educación, hablando con propiedad, y la política o el derecho a participar en la gestión de los asuntos públicos empieza, precisamente, cuando la educación ha llegado a su fin. [...] De modo inverso, en la educación, siempre tratamos con personas que todavía no han sido admitidas en la política ni se las pone en un pie de igualdad porque se están preparando para eso. No obstante, el ejemplo de Aristóteles es importante, porque es cierto que la necesidad de «autoridad» es más verosímil y evidente en la crianza y en la educación de los niños que en ninguna otra cosa.
Por este motivo es tan característico de nuestra época el deseo de erradicar incluso esta forma de autoridad, tan limitada y políticamente falta de relevancia (Arendt, 2003, 189).
La reflexión política de Arendt retoma a Aristóteles: si en la esfera doméstica es justo y necesario que exista el ejercicio del poder como autoridad por tratarse de una relación entre desiguales, no puede ocurrir lo mismo en la esfera política, donde imperan las relaciones entre iguales. El ejercicio del poder, por tanto, debe ser de otra naturaleza. La crítica de la filosofía se dirigía a cómo esto se confundía en el siglo XX, en especial en la sociedad americana, en la cual la esfera de la igualdad política estaba siendo transferida a la educación, a través de las pedagogías no directivas. Su posición sostenía que vaciar la educación de toda y cualquier autoridad era una equivocación, en la medida en que eso no servía para preparar a los niños para una futura vida de igualdad en la esfera política.
¿Cómo verían esto los anarquistas? Por un lado, es innegable que ellos no estarían de acuerdo con la afirmación de que la educación ocupa una esfera prepolítica. En las concepciones libertarias, de un modo general, la acción pedagógica es vista como una acción política, sea cuando actúa en el sentido de refrendar una situación social determinada, actuando para perpetuarla, sea cuando actúa en el sentido de criticar una determinada situación social, aportando esfuerzos para superarla. Por otro lado, es cierto que hay también en los anarquistas una preocupación por tomar la educación como una preparación para una vida política fundada en el ejercicio de la libertad, como ya vimos anteriormente.
En las experiencias libertarias de la educación podemos identificar dos perspectivas distintas. Una que se remonta a Rousseau y su propuesta de una especie de «educación negativa», esto es, la idea de que todo niño es libre y debe ser dejado en paz para desarrollarse sin la intromisión de la sociedad autoritaria; y otra que se remite a Proudhon y a Bakunin y su concepción de la libertad como factor social y que, por tanto, necesita ser aprendida, conquistada, ejercida colectivamente. En la primera perspectiva están presentes las mismas confusiones apuntadas por Arendt en relación con las pedagogías no directivas. En la segunda perspectiva, que nos parece más coherente con las ideas anarquistas, una aproximación a la noción de educación como esfera prepolítica es bastante viable.
En un texto de Bakunin encontramos afirmaciones sobre el lugar de la autoridad en la educación que, si no tratan la educación como prepolítica, al menos ponen de relieve su función propedéutica en relación con la vida política, aproximando sus tesis a aquellas que en un futuro serían defendidas por Arendt.
Veamos:
El principio de autoridad en la educación de los niños constituye el punto de partida natural; es legítimo y necesario, cuando es aplicado a los niños más pequeños, en el momento en que su inteligencia aún no está desarrollada; pero como el desarrollo de todo, y de la educación también, implica la negación sucesiva del punto de partida, este principio debe disminuir gradualmente a medida que la educación y la instrucción de los niños avanza, dando lugar a su libertad ascendente.
Toda educación racional no es, en el fondo, sino esa inmolación progresiva de la autoridad en beneficio de la libertad; el objetivo final de la educación debería ser formar hombres libres y llenos de respeto y amor por la libertad ajena. Así, en el primer día de la vida escolar, si la escuela recibe al niño en su tierna edad, cuando comienza a balbucear algunas palabras, debe ser el de mayor autoridad y de una ausencia casi completa de libertad; pero su último día debe ser el de mayor libertad y el de la eliminación completa de todo vestigio animal o divino de la autoridad (Bakunin, 1979a, 75, nota).
La tesis de Bakunin de que el proceso educativo debe ser una «progresiva inmolación de la autoridad en nombre de la libertad» guarda relación con la tesis de la función prepolítica de la educación. Al admitir que el principio de autoridad es el punto de partida natural cuando tratamos de la educación de los niños, visto que ellos dependen de los adultos para poder crecer y desarrollar sus potencialidades de modo saludable, está admitiendo explícitamente que los niños no deben ser expuestos a una supuesta libertad natural. Por tanto, el principio de la libertad, si bien debe guiar las relaciones sociales entre adultos, no puede ser la base de las relaciones entre los niños y de éstos con los adultos.
Es necesaria una supervisión e incluso una dirección del proceso por parte de aquellos que ya se encuentran en otra etapa de su vida. En otro lugar, en el mismo texto aquí citado, Bakunin afirma que si el uso del principio de autoridad es justo en la educación de los niños, debe ser totalmente repudiado en la relación entre adultos, puesto que, entre iguales, sólo la libertad puede ser justa.
Aquí queda bastante clara una aproximación a Hannah Arendt cuando, en el ensayo La crisis de la educación, menciona la autoridad de los adultos sobre los niños, en la medida en que aquéllos asumen su «responsabilidad por el mundo»
Pero, al mismo tiempo que guarda relación con aquella tesis, la posición de Bakunin se distancia de ella. Pues nos dice que si el principio de autoridad es legítimo como punto de partida, de ningún modo lo es como punto de llegada. Debemos partir de relaciones de autoridad —obviamente no autoritarias— en la medida en que sirvan como una especie de iniciación al aprendizaje de la libertad. Si el punto de partida son relaciones de autoridad, el punto de llegada son relaciones de libertad. Es como si la educación fuera, en el fondo, un proceso de emancipación del niño, a través del cual aprende y conquista la libertad, haciéndose adulto precisamente cuando conquista la autonomía, la capacidad de actuar por sí mismo. Y para los anarquistas, tal concepción de la educación es profundamente política, en la medida en que se contrapone a una concepción que se quiere apolítica de la educación, pero que, de hecho, actúa en el sentido de mantener a los individuos sumisos y dependientes.
Independientemente de concordancias o discordancias, sin embargo, parece que tanto las conceptualizaciones de Arendt como las reflexiones anarquistas, así como sus experiencias prácticas con escuelas libertarias, nos ofrecen posibilidades interesantes para pensar filosóficamente las implicaciones de la libertad, en su aspecto político, en los procesos educativos; nuestro objetivo aquí no ha sido sino sacar esto a la luz.

domingo, 19 de abril de 2015

NOTAS Y COMENTARIOS
Notas para pensar la educación como práctica política. Una mirada desde Michel Foucault
Cristina Rochetti1
Universidad Nacional de Cuyo
La educación forma parte del ejercicio del poder y la práctica política. Intentaremos dar cuenta de esta afirmación a partir del rastreo de algunas notas de los textos de Michel Foucault, en especial algunos seleccionados en torno al concepto de "biopolítica", que permitan establecer dicha vinculación.
La estrecha relación de la educación con lo político y, más precisamente, la educación como un problema político, ha tenido a lo largo de la historia distintas formas de representación.
Cualquier historia de la educación, en especial las historias de Occidente, señalan la estrecha vinculación de la política y la educación. Es recurrente encontrar relatos acerca de la paideia griega, con sus ideales de perfección y belleza, en la cual la educación tenía como función política formar ciudadanos para la polis. La polis era el ámbito del ejercicio de la verdadera libertad, entonces la educación debía transmitir aquellos saberes y prácticas que regían la vida de la misma.
El problema planteado vuelve a encontrarse, en el contexto totalmente diverso de la época moderna, donde la idea de formación del sujeto adquiere o asume la paradoja de la libertad personal y la libertad política como controversia a resolver, o mejor dicho, la tensión cobra una nueva modalidad. Alejandro Cerletti, en su libro Repetición, novedad y sujeto en la educación, señala que:
Una de las paradojas de la educación concebida por la tradición iluminista consistía en satisfacer por un lado, el objetivo de la autonomía del sujeto -servirse de la propia razón sin tutelas ajenas- y, por otro, la necesidad social de que ese sujeto sea gobernable (Cerletti, A. 2008, 14).
Si bien los ideales de la autonomía y la necesidad de gobernabilidad parecían prácticamente irreconciliables, la modernidad se esforzó por conciliar los opuestos; uno de sus efectos fue la institucionalización de la idea de formar al sujeto en el ejercicio de su libertad a través de la razón y el deber. La escuela moderna fue el correlato de estos ideales: poder de conocimiento y poder disciplinario.
Ahora bien, por más intentos a favor de fijar los límites en el ejercicio de la razón a través del deber, la paradoja vuelve a mostrar la fuerza de su tensión en las críticas a la educación desde la teoría reproductivista y de los aparatos ideológicos del Estado. Estas críticas mostraron las grietas de una crisis que hoy vuelve a poner en jaque los modos de entender esa misma institucionalidad: nuevos sujetos, nuevos contextos, diversidad cultural, social, nuevas tecnologías, nuevos saberes.
Para Alejandro Cerletti, como para muchos autores contemporáneos, la cuestión política de la educación radica en esa tensión que se produce entre conservar y cambiar, entre lo viejo y lo nuevo, entre lo que una sociedad considera como valioso conservar y transmitir y el espacio o el lugar para que lo nuevo se constituya en cuanto tal. Pensar en términos de "repetición y novedad" y apuntar la mirada a rescatar o encontrar los ámbitos o las grietas por donde posibilitar la presencia de lo otro como novedoso, posiciona la cuestión política de la educación en la dupla conservar-cambiar y en las condiciones de posibilidad para que esto ocurra.
Nuestro aporte consiste en rastrear algunas notas de los textos de Foucault, en especial los seleccionados en torno al concepto de "biopolítica", que nos permiten afirmar a la educación como una práctica política, que forma parte del poder político, y que en la actualidad puede ser mirada desde la perspectiva neoliberal. En este contexto, la dupla conservar-cambiar, que hemos planteado en el párrafo anterior, puede mostrar la misma tensión que se da entre el poder político y la sociedad civil.
La educación como práctica política
Foucault, en su intento por delimitar y precisar el modo o la metodología que utiliza para acceder al análisis de sus objetos, aclara que:
[...] lo que tiene una importancia política actual es determinar con claridad cuál es el régimen de veridicción que se instauró en un momento dado: justamente aquel a partir del cual podemos reconocer ahora, por ejemplo, que los médicos del siglo XIX dijeron tantas necedades sobre el sexo (Foucault, M. 2007, 55).
Trasladar el problema de legitimidad de un planteo a la cuestión del régimen de veridicción supone instalarse en el espacio de las reglas que permitieron validar ciertas prácticas y no otras; supone dejar de buscar causas que originan el surgimiento de objetos, para moverse en el ámbito de las condiciones y las reglas que permiten que aquello oculto, invisible o indiferente al campo de la acción se torne posible de ser analizado, discriminado, domesticado, encarcelado, según sea la política de verdad que circule en la época.
Detectar regímenes, reglas o normas, establecidas en forma de sistema, con una cierta coherencia interna, que no implica su sistematización o explicitación a modo de reglamentaciones o protocolos, sino que rigen las prácticas desde aquello que está permitido, se puede o está bien hacer, exige aguzar la mirada y la perspectiva. En este sentido, parece que Foucault nos invita a mirar no las cosas en sí, ni los acontecimientos o prácticas consumadas, estáticas, sino a mirar el juego, el movimiento posibilitado por un sistema de reglas que permite la constitución o el surgimiento de un objeto, un fenómeno o una práctica que es visualizada como verdadera o falsa, permitida o no.
Esta perspectiva de los regímenes de veridicción como condiciones de posibilidad introduce la cuestión de la circulación del poder y de su ejercicio como inherente al régimen mismo, pues las reglas y el juego que ellas permiten evidencian una dinámica de estrategias de circulación del poder; en suma una política de distribución, priorización y establecimiento de la verdad.
Si entendemos la política como una práctica de la verdad, expresada en el párrafo anterior, podemos pensar la educación como una práctica política no sólo referida a las decisiones de las políticas de turno, como comúnmente se la utiliza, sino, además, como una práctica que responde a un régimen de veridicción que en una época determinada permite la visualización de ciertos acontecimientos, hechos, objetos que irrumpen como problemas, intereses, necesidades y desafíos a resolver dentro del sistema educativo. En este sentido, la cuestión planteada desde la mirada de Cerletti, donde lo político de la educación consiste en la tensión conservar-cambiar, entre tradición y novedad, se ve enriquecida, ya que si en las prácticas se visualiza la tensión que se produce entre lo nuevo y lo viejo, entre la conservación y el cambio (pensemos en las nuevas tecnologías y su impacto en las prácticas educativas), se puede rastrear qué reglas de juego, qué políticas de verdad sostienen la tensión.
Bien puede objetarse que el punto de partida de la idea de Cerletti es una lógica dialéctica a diferencia de la propuesta de Foucault, que se efectiviza dentro de una lógica de estrategias, como él mismo aclara:
Pues la lógica dialéctica hace intervenir términos contradictorios en el elemento de lo homogéneo. Por mi parte les propongo sustituir esta lógica dialéctica por lo que llamaré una lógica de la estrategia. Una lógica de la estrategia no hace valer términos contradictorios en un elemento de lo homogéneo que promete su resolución en una unidad. La función de la lógica de la estrategia es establecer las conexiones posibles entre términos dispares y que siguen dispares. La lógica de la estrategia es la lógica de la conexión de lo heterogéneo y no la lógica de la homogenización de lo contradictorio (Ibid. 62).
Sin embargo, podemos señalar que conservar-cambiar no necesariamente requiere ser visto desde la posibilidad de una superación, sino también desde las condiciones de posibilidad que permiten dicha visualización.
Entonces, la educación es un práctica política, entendida la política como política de los regímenes de veridicción que obliga a poner la mirada en las reglas que rigen el juego que posibilita la visualización de objetos, acontecimientos y procesos que antes no eran visibles y que surgen en la tensión entre lo que se quiere conservar y lo que se presenta como novedoso.
La perspectiva liberal
En el intento por rastrear los modos en que se ha establecido el arte de gobernar o de hacer política, entendida como el ejercicio y circulación del poder, Foucault señala que es posible tomar como hilo conductor la noción de "gobierno". La idea de gobierno como conducción de los individuos a lo largo de su vida, caracterizada por la imagen del pastor que conduce y vela por un rebaño en movimiento hacia una meta, es propia de las sociedades orientales e introducida por el cristianismo en Occidente. Es aplicable a la imagen del maestro, profeta, al guía espiritual, pero también circula y se efectiviza en el señor feudal y las distintas figuras con autoridad de la Edad Media.
La crisis del pastorado abre paso a una "gubernamentabilidad política por parte de un poder soberano dando surgimiento a la 'razón de estado'". Este paso marca, para Foucault, un cambio de racionalidad, o si se quiere un cambio en las reglas del juego, o en las formas de veridicción. Lo que en el pastorado sostenía el ámbito de conformación de la verdad -la sabiduría, la prudencia, la justicia, en tanto virtudes desarrolladas por el pastor, maestro, ...-, ahora son desplazadas por una nueva matriz racional que tendrá como expectativa preservar el Estado, acrecentarlo, defenderlo y fortalecerlo al interior para enfrentar los riesgos exteriores. La cuestión de acrecentar y fortalecer el Estado se vincula con la relación riqueza-población, ya que la mayor producción y circulación de bienes y, por lo tanto, de moneda, posibilitan un aumento de la población. Parece que la cuestión del aumento cuantitativo, tanto de la población como de los bienes, está directamente relacionado con el fortalecimiento de la "razón de estado". Sin embargo, la relación riqueza / población / estado pasará por distintos modos de visualización hasta percibir la población como grupo / especie que puede ser susceptible de control. Foucault lo sintetiza del siguiente modo:
Ésta [la población] no se concibe como un agrupamiento de sujetos de derechos, ni como un conjunto de brazos destinados al trabajo, se la analiza como un conjunto de elementos que, por un lado, se vinculan al régimen general de los seres vivos y, por otro, pueden dar pábulo a intervenciones concertadas (Foucault, M. 2006, 414).
El surgimiento de la idea de "población" como especie humana que puede ser controlada, gestionada, administrada a través de leyes, reglamentaciones y disposiciones gubermanentales, y que ha generado una serie de tecnologías y prácticas que ponen en evidencia nuevas formas de veridicción, nos permite pensar que la educación, en este nuevo concepto de "biopolítica", forma parte de esas prácticas. Es importante señalar que Foucault entiende por "biopolítica":
[...] la manera como se ha procurado, desde el siglo XVIII, racionalizar los problemas planteados a la práctica gubernamental por los fenómenos propios de un conjunto de seres vivos constituidos como población: salud, higiene, natalidad, longevidad, razas, [...] (Foucault, M. 2007, 359).
Si bien los puntos suspensivos del texto de Foucault no incluyen explícitamente las prácticas educativas, podemos pensar que las decisiones políticas sostenidas por una forma de veridicción pueden encontrar en la educación y, en este sentido, en la escuela, el ámbito propicio para la reproducción y conservación de sus prácticas. Por otro lado, es posible pensar la formación de sujetos que legitiman esas prácticas y las reglas que surgen de las formas de veridicción antes mencionadas.            
La educación de la población como una cuestión de Estado y sostenida por una "razón de estado" tuvo en la época moderna, como correlato, una escuela para educar al soberano, donde la formación del ciudadano, como dice Cerletti, se debatía entre la libertad personal y la idea de un sujeto gobernable.
Sin embargo, en El nacimiento de la biopolítica Foucault señala que el liberalismo rompe con la "razón de estado" que desde el siglo XVI se ha ocupado de acrecentar y fortalecer el crecimiento del mismo Estado. La "razón de estado" se asienta en el principio de que siempre se gobierna poco, que es posible extremar medidas para intervenir y controlar. Al contrario, el liberalismo parte de la idea que siempre se gobierna demasiado, que el Estado es un mal necesario al que hay que limitar en su ejercicio y es la sociedad, la sociedad civil, la depositaria de la legitimidad. Según Foucault:
Más que una doctrina más o menos coherente, más que una política a la búsqueda de una serie de metas definidas con mayor o menor precisión, estaría tentado de ver en el liberalismo una forma de reflexión crítica sobre la práctica gubernamental; esa crítica puede proceder del interior o del exterior, y puede apoyarse en tal o cual teoría económica o referirse a tal o cual sistema jurídico sin vínculo necesario y unívoco (Foucault, M. 2007, 363).
Esta inversión de la tensión que obliga al Estado a tener que justificar cada intervención frente a la demanda reiterada de mayores libertades civiles por parte de la sociedad, ha generado una multiplicación y diversificación de los canales por donde circula y se efectiviza el poder. Lo que antes era expresado como prácticas de resistencia en el ejercicio del poder, hoy puede visualizarse como prácticas que imponen presencia y se hacen escuchar. Pensemos en la presencia de los reclamos de los derechos de géneros, la presencia de grupos antes excluidos, las agrupaciones vecinales, barriales, los que defienden el medio ambiente o los derechos de los animales, entre otras, sin pretender con esto hacer una lista exhaustiva.
El poder disciplinario y su correlato, la sociedad disciplinada, que caracterizaban al ejercicio de la "razón de estado" hasta el siglo XIX y principios del XX, muestran -con el surgimiento del liberalismo- una nueva disposición de fuerzas. Esto no quiere decir que el disciplinamiento con sus estrategias de control sobre el cuerpo hayan desaparecido y menos aún que se hayan reciclado; por el contrario, coexisten con nuevos modos de tratamiento y control. Estas nuevas estrategias están orientadas, según Foucault, hacia la administración y gestión de los problemas que la población (de un lugar, de una institución, de un país) presenta como prioritarios con referencia a sus necesidades como grupo humano. Para Foucault:
Ahora no se trata de ajustar el gobierno a la racionalidad, el individuo soberano que puede decir "yo, el estado", [sino] a la racionalidad de quienes son gobernados, quienes lo son como sujetos económicos, y en términos más generales, como sujetos de interés -interés en el sentido más general de la palabra-, a la racionalidad de esos individuos en cuanto, para satisfacer esos intereses en el sentido general de la palabra, utilizan una serie de medios, y los utilizan como quieren: esa racionalidad de los gobernados es la que debe servir de principio de ajuste a la racionalidad de gobierno (Ibid. 357).
Volviendo a la educación, podemos pensar cómo la perspectiva liberal que caracteriza Foucault forma parte de las nuevas prácticas que se visualizan en la escuela. La cuestión de la autoridad, por ejemplo, tan debatida en este último tiempo, pone de manifiesto esta inflexión que señalamos. Ya no se habla tanto de "equipo directivo" en un colegio, como de "equipo de gestión". Esto, más allá de ser un cambio de palabras, denota un traslado del "dirigir", en tanto señalar por dónde y hacia dónde vamos, a "gestionar" en tanto propiciar los medios para que las necesidades y problemas que surgen al interior de la comunidad educativa puedan ser resueltos. Por otra parte, en este mismo sentido, podemos mencionar que uno de los objetivos fundamentales en estos "equipos de gestión" se concentra en las estadísticas, exigidas por el "equipo de gestión" inmediato superior, para establecer porcentajes de "población" estudiantil que es promovida o repitente, porcentajes de espacios curriculares más adeudados, porcentajes de alumnos que rinden en marzo, en julio, diciembre, porcentaje de la población estudiantil que abandona, y así sucesivamente.
Si dirigimos la mirada a los alumnos, podemos percibir que prácticas que podían ser consideradas como una resistencia a un poder disciplinario, hoy toman forma activa y crítica, desafiando las viejas estrategias del poder disciplinario: la introducción de las nuevas tecnologías en la escuela (celulares) ha permitido grabar y filmar situaciones que antes quedaban reservadas a la privacidad del aula, generando una exposición y sobreexposición, pues son subidas inmediatamente a la red y vistas globalmente. Las agresiones y violencia, tanto de docentes como de alumnos, forman parte de los procesos multimediales que caracterizan la cotidianeidad escolar.
Así, por una parte, la escuela reúne resabios de prácticas disciplinarias propias de un poder que tiende a concentrar y acrecentar la figura de una autoridad y, por otra, prácticas que forman parte de una crítica al exceso de gobierno e intervención y abren paso a la demanda de los propios intereses particulares y de los intereses como población. Podemos pensar esta situación como la tensión entre la conservación y el cambio que propone Cerletti, y hemos podido señalar, siguiendo a Foucault, el régimen de veridicción que lo hace posible.
Podríamos preguntarnos, entonces, a partir de las notas alcanzadas: ¿cuál es la nueva racionalidad que transita los procesos de subjetivación que se gestan al interior de las prácticas educativas? Estos nuevos modos de intervenir ("gestión", "nuevas tecnologías", etc.), ¿responden a una crítica similar a la realizada por el liberalismo a la "razón de estado"? ¿Es posible, a partir de estos elementos de análisis, pensar y proponer nuevas prácticas educativas o simplemente podemos dar cuenta de lo que pasa?
Nota
1- Docente e investigadora en la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. <cristinarochetti@yahoo.com.ar>
Bibliografía
1- Cerletti, Alejandro. 2008. Repetición, novedad y sujeto en la educación. Buenos Aires: Del Estante.         [ Links ]
2- Foucault, Michel. 2006. Seguridad, territorio y población. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.         [ Links ]
3- Foucault, Michel. 2007. El nacimiento de la biopolítica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.         [ Links ]

Guia para trabajar con los textos de Cullen y Kohan

_Cullen, C. "Introducción" en Crítica de las razones de educar.
“sujeto racional único”; “sujetos desfondados, escindidos y fragmentados”. (p.19)
“saber estar” (p.23)
"El campo de la filosofía de la educación es hoy, por lo menos, problemático." (p.17)
"No estamos buscando el nombre propio de la educación"(p.18)
"…tampoco vamos a buscar una razón única de estas ciencias y de esta historia de la educación". (p.19)
“La educación es "una práctica social discursiva". (p.20)
“...encontrar su poder productivo de subjetividad social” (21)
"…producción de una crítica de las razones de educar"."Pensamiento crítico"(p.22)
"La educación no sólo tiene que ver con la historicidad y con la discursividad, sino abiertamente con la normatividad, es decir con la ética y la política". (p.23)
"…el hecho de que tengamos los sujetos desfondados quiere decir que la racionalidad es más plural que lo que creíamos, mas atravesada por el deseo y por el poder que lo que nos habíamos ilusionado". (p.20)
“No se trata de despojarnos de los saberes previos. Se trata de no “instalarnos” en lo que ya somos, que es un producto complejo de identidades asignadas y de lucha por el reconocimiento. Se trata de saber estar con los nombres desnudos y con los sujetos desfondados y, desde ahí –donde es posible reconocernos como “otros”-, crear el mundo devuelta”. (p.23).

_Kohan, W. “Filosofía de la educación. Algunas perspectivas actuales.” En Rev. Aula 8.
La filosofía de la educación como “campo minado de polémicas”. (p.142)
“tentativas inconsistentes y frustradoras” (P.144)
“actitud filosófica” (p.144)
“la filosofía de la educación es una práctica histórica” (p.145)
El lugar del filósofo de la educación. (p.146)
“práctica teórica” (pp.146-147)
“función” o “papel” de la filosofía de la educación en las prácticas. (p.148)
“Entonces en el caso de la pregunta que nos ocupa, el ‘¿que somos?, la filosofía de la educación debería permitirnos no sólo identificar el tipo de sujeto que la educación actual contribuye a conformar sino también un espacio de posibilidades para pensar otra educación que contribuya a constituir otros sujetos.” (P.151)


_Carr, W. “¿En qué consiste una práctica educativa?” en Una teoría para la educación. Hacia una investigación educativa práctica.
Teoría y práctica como oposición excluyente. (p. 88-89)
Insuficiencia análisis filosófico del concepto (p.91-92)
Practica como dependiente (guiada) por la teoría (p.89)
Teoria reducida a una forma de práctica (p.90)
Historia del concepto. (p. 93)
Práctica y bien humano. (p.95)
Teoría y vida contemplativa. (p.95)
Poiesis y praxis. (p.95)
Filosofía práctica: “bien”, medios y fines. Phronesis (p.96)
“La práctica educativa no puede hacerse inteligible como una forma de poiesis regida por fines prefijados y gobernada por reglas determinadas. Sólo puede hacerse inteligible como una forma de praxis regida por criterios éticos inmanentes a la misma práctica educativa; criterios que sirven para distinguir las prácticas educativas auténticas de las que no lo son y la buena práctica educativa de la indiferente o de la mala.” (p.101)

Preguntas guia para el analisis de "Critica de las razones de educar" de Cullen.

1. Explique por qué plantea que hay nuevas y viejas razones para educar y la necesidad de una crítica de las razones de educar.
Vivimos en una etapa de transformaciones en la educacion. No podria ser de otra forma, si se atiende a los profundos cambios en la vida social. El problema, son las direcciones, sentidos, decisiones que se toman, las tareas que se proponen, los obstaculos que se encuentran. Se plantean nuevas y viejas razones para educar. Se discute y se argumenta con ellas.
2. Por qué afirma que el campo de la filosofía de la educación es problemático?
El campo de la filosofia de la educacion es hoy, por lo menos, problematico.

Hay una cierta representacion negativa en torno al campo de la filosofia de la educacion; los mismos filosofos son los primeros responsables de esta representacion. Se presenta al campo, muchas veces, confundido con la exposicion en una galeria de opiniones y de ideas que algunos filosofos tuvieron sobre la educacion. Estas presentaciones se hacen descontextualizando sus redes semantucas, sus campos interrogativos, sus condicionamientos historicos.
Otras veces se intenta presentar la filosofia de la educacion como la mera aplicacion de algunas categorias, acuñadas por los filosofos, a lo que se supone que subyace en los problemas educativos; una concepcion del hombre, de la verdad, del bien, de la sociedad y la historia, de la autoridad, la disciplina, el poder.
3. Cullen ensaya una definición de filosofía de la educación: plantéela.
La filosofia de la educacion se mueve desde dentro del movimiento reflexivo mismo de la practica educativa, de las ciencias de la educacion y de la historia de la educacion. Se trata de un pensamiento critico que cuestiona fundamentos y legitimaciones, desde el interior mismo del campo educativo.
4. Explique qué quiere decir Cullen cuando afirma que la filosofía de la educación no está buscando el nombre propio de la educación. (No es una esencia la cosa de educar)
No se trata de preguntarnos que es la educacion en lo esencial, sencillamente porque no existen los nombres propios, es decir los que corresponden 'naturalmente' a las cosas. Aceptamos como punto de partida el llamado mundo moderno, y no suponemos que la filosofia de la educacion sea algo asi como una metafisica especial, preocupada por definir la esencia de la educacion.La cosa de esucar no es una esencia o una idea arquetipica; es una historia de complejas practicas sociales.
5. Explique que tampoco es “la razón única de estas ciencias y de esta historia de la educación” (La objetividad...la modernidad... la alusión a Eco...)
No se trata de buscar la razon unica de estas ciencias y de esta historia de la educacion. No se trata de preguntarnos que es objetivamente la educacion, sencillamente porque no existen razones unicas ni la posibilidad de determinar a priori, desde una razon 'pura' o sujeto trascendental, la objetividad de las practicas sociales como si fueran meros fenomenos naturales. Tampoco se trata de preguntarnos por las leyes del progreso en educacion, desde un espiritu transhistorico o sujeto absoluto, que se supone sabe el sentido final o la estructura de las formas historicas de la educacion.
Parafraseando a Eco y aludiendo a la crisis de la modernidad, podemos decir que reflexionamos sabiendo que , modernamente, los objetos estaban con un sujeto racional unico, y nosotros en cambio tenemos los sujetos desfondados, escindidos y fragmentados.
Las reacciones premodernas a la crisis de la razon y del sujeto moderno ( y su correspondiente ideologia neoconservadora)son buenos testigos de esta nostalgia, cada vez que lamentan la perdida de la buena senda, la de las verdades esenciales, los valores absolutos y la correcta concepcion de la persona.
En realidad, el hecho de que tengamos los sujetos desfondados quiere decir que la racionalidad es mas plural que lo que creiamos, mas atravesada por el deseo y por el poder que lo que nos habiamos ilusionado. Con las razones de educar, desfondados sus sujetos, se inaugura en realidad el pensamiento critico acerca de la educacion. Y la cosa de la educacion no es tampoco un mero objeto de cuencia, neutralizado de toda valoracion , un mero hecho sin sentido y sin construccion del sujeto mismo que lo determina. La educacion es un discurso, o mejor expresado, una practica social discursiva. Es decir, que en las razones de educar hay conflicto de interpretaciones, lucha por la hegemonia, imposiciones ideologicas, construccion de subjetividad y de realidad social.
6. En el punto número 5 hace una especie de recapitulación y concluye: “...sí nos interesa...” plantee la idea y explíquela.
Aceptando que la educacion no tiene una razon unica que defina su 'objetividad', sí nos interesa analizar criticamente si presencia dispersa en las practicas sociales, con la esperanza de encontrar su poder productivo de subjetividad social, que nos permita comprendernos, presuponiendo que a esa presencia dispersa la determinan razones de educar que legitiman razones sociales, politicas, economicas, culturales, y que llegados ahi solo cabe la critica y la resistencia.
7. Explique por qué para Cullen, la educación no es “una mera cuestión de socialización”... (desarrollo y cultura).
No nos podemos situar, al menos inocente o impunemente, en presuponer que la educacion se asemeja a un movimiento natural, a un cambio, a un paso de la potencia al acto, a una mera cuestion de desarrollo. Pero tampoco podemos situarnos en la presuposicion de que la educacion se asimila a la operacion cultural, a un intercambio de sentidos, a un paso de lo real a lo simbolico, a una mera cuestion de socializacion.
8. Fundamente a partir de Cullen por qué pensar las razones de educar, supone situarnos en el medio de debate. (punto 11 y 12)
La educacion deja de ser mero desarrollo y mera socializacion cuando aparece el pensamiento critico. El pensamiento critico no solo destrona las 'esencias' sino que tambien limita el alcance de los objetos. Obliga a privilegiar en el estudio de la educacion , los procesos mediadores de las relaciones entre desarrollo y socializacion, que desencadenan las intenciones de enseñar, es decir, de transmitir determinados conocimientos. Que entre el desarrollo 'natural' y la socializacion 'cultural' medien saberes enseñados, es el gran tema de la educacion y el que funda una critica de las razones de educar.
Las razones de educar, son en realidad, razones para justificar una practica social, una accion humana. El esfuerzo por autonomizar el discurso y la reflexion sobre la accion humana, en relacion con los fenomenos naturales o los meros objetos teoricos, enriquece la posibilidad de pensar la educacion como un campo propio de la filosofia practica.
La educacion no solo tiene que ver con la historicidad y la discursividad, sino abiertamente con la normatividad, es decir, con la etica y la politica. Entonces,la mediacion del conocimiento enseñado , entre desarrollo y socializacion, es ella misma objeto de critica; ¿como se legitima el conocimiento que educa?

viernes, 17 de abril de 2015

El campo problemático de la Filosofía de la Educación. Tensiones


Autoras/es: Stella Maris Torre
Aquí intentaré reconocer y explicitar algunas cuestiones en debate dentro del campo problemático de la filosofía de la educación, a partir de las siguientes tensiones:
(Fecha original del artículo: Mayo de 2006)


a. Filosofía como pensar perenne de lo universal / filosofía como pensar situado de los desafíos de una época histórica.
William Carr (1996), en su búsqueda hacia la comprensión del concepto de “práctica”, argumenta a favor de la historicidad de los conceptos:
“las estructuras conceptuales no son independientes ni diferentes. Los conceptos están inmersos en la sociedad y una forma de vida social está parcialmente constituida por conceptos. Así, por ejemplo, las diferencias entre los antiguos conceptos griegos de ‘democracia’, ‘ciudadano’ y ‘justicia’ y los usos contemporáneos de estos términos en nuestro idioma no indican una simple diferencia lingüística, sino una diferencia entre dos formas de vida social.” [i]
Por lo tanto, si el análisis filosófico de los significados de los conceptos y la modificación de la vida social no son independientes, quedaría expuesta la limitación de cualquier investigación filosófica que analice un concepto históricamente construido prescindiendo de dicha historicidad y limitado a sus usos actuales.
Walter Kohan (1996), en su intento de aportar ideas para la configuración de un espacio propio para la filosofía de la educación, también se pronuncia a favor de esta postura:
“el ser humano es un ser histórico y por tanto, sus prácticas también lo son. La filosofía y la educación son prácticas históricas y consecuentemente también lo es la filosofía de la educación”[ii].
Este autor asimismo señala que esta historicidad significa que todo problema de filosofía de la educación se construye y varia de acuerdo con el contexto histórico, y que sólo en su historicidad pueden ser cabalmente traídas al presente las diversas filosofías de la educación, con lo cual puede subrayarse el carácter histórico de toda filosofía de la educación, incluso de aquellas que afirman la naturalidad y ahistoricidad del fenómeno educativo.
Por su parte, Cullen (1996)[iii], al concebir a la filosofía de la educación como parte de la filosofía práctica, argumenta que:
- Nuestro punto de partida es hoy y aquí. La condición de posibilidad para poder pensar es saber estar, despojándonos, desconstituirnos de todo aquello que el “afán por ser” nos exige y de todo aquello que el “mero acontecer” nos hace resignar.
- No estamos apelando a una duda metódica (que siempre presupone una certeza) ni estamos postulando la necesidad de la tabula rasa o el animal salvaje (que siempre suponen un desigual “lleno” de información o una desigual “riqueza” de las naciones)
- “no se trata de despojarnos de los saberes previos. Se trata de no ‘instalarnos’ en lo que ya somos, que es un producto complejo de identidades asignadas y de lucha por el reconocimiento. Se trata de saber estar con los nombres desnudos y con los sujetos desfondados, y, desde ahí –donde es posible reconocernos como ‘otros’- crear el mundo de vuelta” (inspirado en Kusch)
Si aceptamos el argumento de la filosofía como “pensar situado” cabría ahora reflexionar sobre el pensar situado dónde: ¿más allá de, más acá de, o en las culturas? Creemos haber analizado esta cuestión en el punto 1 sobre la crisis de la modernidad, y lamentamos que por razones de espacio no podamos ahora extendernos más al respecto.
b. Pensar la educación como desarrollo natural / pensar la educación como una práctica social discursiva.
Esta “tensión” la desarrollo en el artículo Pensamiento crítico y Pedagogía.
c. Pensar la práctica como acción instrumental eficiente / como acción moralmente informada y comprometida
En su intento de dar respuesta al interrogante “¿en qué consiste una práctica educativa”?, William Carr[iv]enuncia, desarrolla y hace la crítica de los argumentos centrales de tres formas de definir la “práctica” en relación con la teoría. Luego de mostrar que tanto el punto de vista que opone teoría y práctica como el que “ve” a la práctica dependiente de la teoría presentan ideas insuficientes acerca de la práctica educativa, se pregunta por una tercera posibilidad, es decir, si la teorización sobre la educación podría reducirse a una forma de práctica. Es entonces cuando analiza las afirmaciones de Gilbert Ryle acerca la autonomía de la práctica[v].[vi] .
Carr refuta a Ryle señalando que el concepto de “práctica”, al quedar equiparado con el “saber cómo” para ejecutar operaciones o técnicas, se utiliza en forma muy limitada y restringida, e introduciendo la cuestión ética, lo cual considero reviste una importancia fundamental para “entender” la educación:
“una característica definitoria de una práctica educativa es que constituye una actividad ética que se emprende para conseguir unos fines educativamente adecuados [...] estos fines no son “bienes” determinados de forma independiente con respecto a los cuales la práctica educativa sea un medio instrumental, sino que definen las reglas de conducta [...] los ‘principios de procedimiento’ que constituyen una práctica como una práctica educativa y justifican su descripción en tales términos”[vii]
En consecuencia, para desarrollar una práctica educativa el “saber cómo” hacer diversas cosas es necesario pero no suficiente: una práctica educativa debe informarse con principios éticos.
Pero estos principios éticos no son traducibles en un conjunto de reglas codificadas que puedan utilizarse para orientar la práctica, sino que
“el carácter educativo de cualquier práctica sólo puede hacerse inteligible referida a una disposición ética para proceder de acuerdo con una idea más o menos tácita de lo que es actuar de forma educativa”[viii].
Desde esta concepción, dice Carr, es que por ejemplo podemos, sin ser incoherentes, afirmar que ciertos métodos o formas de enseñanza -como los conductistas- son eficaces, ya que pueden desarrollarse de forma competente y acertada y sin embargo, negar que se traten de una práctica educativa, dado que son incompatibles con los principios éticos que deben informarla.
Cullen, por su parte, en todas sus obras destaca el carácter ético-político de la educación. Si bien su concepto lo desarrollaré más extensamente en el artículo Pensamiento crítico y Pedagogía quisiera adelantar el mismo con algunas de sus palabras que pueden dar cuenta de, parafraseando a Carr, una idea ‘menos’ tácita, es decir, más comprometida, de lo que es actuar de forma educativa:
“es injusto que la transmisión del saber y la producción de sujetos sociales del conocimiento no alcance a todos, y no alcance para que las necesarias relaciones entre desarrollo y socialización se pongan al servicio del bienestar de todos”.


[i] Carr, W. “¿En qué consiste una práctica educativa?” en Una teoría para la educación. Hacia una investigación educativa práctica. Madrid. Morata. 1996. pp 86-102
[ii] Kohan, W. “Filosofía de la Educación. Algunas perspectivas actuales” en Aula, Nº 8. Ediciones Universidad de Salamanca. 1996. pp. 141-151
[iii] Cullen, C. “Introducción” en Crítica de las razones de educar. Bs. As. Paidós. 1996. pp. 17-24
[iv] Carr, W. “¿En qué consiste una práctica educativa?” en Una teoría para la educación. Hacia una investigación educativa práctica. Madrid. Morata. 1996. pp 86-102
[v] Ryle, G. (1949) en Carr, W. op. cit. p. 90.
[vi] El argumento presenta las siguientes elaboraciones
- no es posible “saber que” algo es a menos que ya se “sepa como” hacer gran número de cosas,
- por lo que el “saber cómo” es un concepto lógicamente antecedente al de “saber que”,
- lo cual supone que “la práctica eficiente precede a la teoría de la misma”
y nos permite concluir en que la teorización en sí es una forma de práctica que requiere destreza, competencia y “saber cómo” de distintas clases.
[vii] Carr, W. op. cit. pp 90-91
[viii] Carr, W. op. cit. p.-91
A continuación intentaré elaborar tres argumentos que sostengan la siguiente afirmación: “Es el pensamiento crítico la herramienta teórica que nos permite dar cuenta de la complejidad del objeto de la pedagogía”. Pero antes considero imprescindible referirme a mis premisas o puntos de partida, los cuales son los siguientes:
- La filosofía de la educación comporta la especificación de un objeto de estudio particular –la educación– por parte de la filosofía[i].
- En este sentido, toda filosofía de la educación remite o presupone una manera de concebir la filosofía[ii].
- A efectos de clarificar conceptos, utilizaré cierta “clasificación” de las filosofías de la educación. En una primera aproximación, podemos encontrarnos con las filosofías naturalistas y con las históricas. En una segunda aproximación, las filosofías naturalistas pueden ser o bien metafísicas o bien positivistas y las históricas, o bien “ilustradas” o bien pragmáticas[iii] y [iv]
- El pensamiento crítico es otra de las maneras de concebir la filosofía, proponiendo analizar críticamente la presencia de la educación dispersa en las prácticas sociales con la esperanza de encontrar su poder productivo de subjetividad social que nos permita comprendernos,presuponiendo que esa presencia dispersa está determinada por “razones de educar” que legitiman razones sociales, políticas, económicas, culturales.[v].
- Aceptamos como punto de partida el llamado mundo moderno [vi]
- También aceptamos como punto de partida la llamada crisis de la modernidad misma, y nos colocamos en el medio del debate ante las posibles alternativas “posmodernas” [vii]
Primer Argumento: El objeto de la pedagogía es un objeto teórico complejo
- NO ESENCIALISMO, SÍ HISTORICIDAD: Estamos con los “nombres desnudos”: al no existir los nombres propios (los que correspondan “naturalmente” a las cosas), la cosa de educar no es una esencia o una idea arquetípica, sino una historia de complejas prácticas sociales
- NO OBJETIVIDAD, SÍ DISCURSIVIDAD: Estamos con la “racionalidad desfondada”[viii]: La educación no tiene una razón única que defina su “objetividad”, sino que es una práctica social discursiva y en lasrazones de educar hay conflicto de interpretaciones, lucha por la hegemonía, imposiciones ideológicas, construcción de subjetividad y de realidad social.
- NORMATIVIDAD: La educación no sólo tiene que ver con la historicidad y con la discursividad, sino abiertamente con la con la ética y la política. Y entonces la mediación del conocimiento enseñado, entre desarrollo y socialización, es ella misma objeto de crítica: ¿cómo se legitima el conocimiento que educa?
Segundo argumento: El resto de los abordajes teóricos son parciales, no pueden dar cuenta de tal complejidad
- CRITICA DEL PENSAMIENTO PREMODERNO
- CRITICA DEL DOGMATISMO METAFÍSICO: Al no tener la educación un nombre propio que defina su “esencia”, no tiene sentido preguntar qué es la educación en lo esencial
- CRÍTICA DEL PENSAMIENTO MODERNO: Al no existir una razón única, no tiene sentido buscar la razón única de estas ciencias y de esta historia de la educación
- CRÍTICA DEL POSITIVISMO: Al no existir razones únicas, no tiene sentido preguntarnos qué es objetivamente la educación ni por sus leyes de progreso. El hecho de que no exista el nombre propio de la educación no quiere decir que se reduzca a un mero fenómeno natural (el desarrollo de las potencialidades) Esta es la tentación, dice Cullen, de todas las visiones de tipo positivista, que tienden a reducir la educación al fenómeno “natural” del aprendizaje o al “hecho” cultural de la socialización. Tratándose de educación, el positivismo no es una mera opción epistemológica sino claramente una toma de posición ético-política [ix]
- CRITICA DEL PRAGMATISMO: El hecho de que no exista la razón única de educar, no significa reducir el campo de la filosofía de la educación al mero análisis del “uso” de palabras “pedagógicas” en el lenguaje cotidiano, con la esperanza de encontrar su sentido pragmático (el que nos permite comunicarnos presuponiendo que a ese uso lo detemina una “forma de vida” y que llegados allí solo cabe la descripción.) La filosofía analítica alcanza para criticar el positivismo, pero es insuficiente para instaurar una crítica de las razones de educar. Reducir el campo a una mera acción cultural (la socialización de los individuos y de los grupos) es la tentación, continua Cullen, de los enfoques de tipo pragmatista de la educación, que tienden a confundir educación con el fenómeno “cultural” de la adaptación al grupo y de la inculturación. Tratándose de educación, el pragmatismo no es tampoco una mera opción epistemológica sino que es claramente una toma de posición ético-política[x]
Tercer argumento: El pensamiento crítico es una herramienta teórica: dialéctica, hermenéutica, ética-política
SÍ CRÍTICA Y RESISTENCIA: Podemos decir ahora, siguiendo a Cullen (2004), que la educación no es ni mero desarrollo, ni mera socialización, ni mera represión psicológica, ni mera reproducción legitimadora del aparato de poder, sino que
“La educación es un campo de mediaciones entre el desarrollo y la socialización, entre la naturaleza y la historia, entre el deseo y la ley, entre el poder crítico y el poder autoritario” [xi]
Por lo que las razones de educar son, en realidad, razones para justificar una práctica social, una acción humana, por lo cual podemos pensar la educación como un campo propio de la filosofía práctica donde:
- El pensamiento crítico se define como una racionalidad dialéctica que supone mediar las relaciones de teoría y práctica
- El pensamiento crítico también se define como una racionalidad hermenéutica que supone mediar la discursividad en que se expresa la dialéctica entre teoría y práctica
- En la educación hay un problema de legitimidad de lo que se enseña y de reconocimiento de los sujetos. Esto nos lleva al plano de la racionalidad estrictamente ética, como diferente de la mera moral (como mero “deber”) y de la mera dispersión del poder (como mero “cuidado de sí mismo”). Esta interpelación ética en sentido estricto supone experiencia y cuidado del otro en tanto otro. Por lo que El pensamiento crítico se define como una racionalidad ético política que supone mediar las comunidades interpretativas que se constituyen históricamente en la hermenéutica de la discursividad.
De tal forma, “Es el pensamiento crítico la herramienta teórica que nos permite dar cuenta de la complejidad del objeto de la pedagogía”.



[i] Kohan, W. “Filosofía de la Educación. Algunas perspectivas actuales” en AULA Nº 8. Ediciones Universidad de Salamanca. 1996. Pp. 141-151
[ii] Kohan, W. “Filosofía de la Educación. Algunas perspectivas actuales” en AULA Nº 8. Ediciones Universidad de Salamanca. 1996. Pp. 141-151
[iii] Cullen, C. “Racionalidad y Educación. Problemas teóricos y epistemológicos de la educación” en VVAA Filosofía, Cultura y racionalidad crítica. Bs. As. La Crujía. 2004. pp. 17-45
[iv] En el texto citado en la nota anterior Cullen realiza un análisis sobre las diversas concepciones sobre la educación.
Las concepciones naturalistas en su generalidad pretenden fundar las razones de educar en una racionalidad capaz de comprender la educación como un mero desarrollo de posibilidades, regido por leyes naturales. Su concepto central es el de cambio natural, o movimiento de un estado a otro (de no educado/menos educado a educado/más educado), que se produce en los individuos por causas que obedecen a leyes que rigen todos los fenómenos naturales. Dentro de estas concepciones encontramos las metafísicas y las positivistas.
Las metafísicas entienden la educación como un proceso de realización de las potencialidades que la naturaleza esencial (que pertenece al orden del trasmundo, no sujeta a los avatares y a las contingencias de lo que ocurre en el espacio y en el tiempo) le asigna al hombre. La educación es un cambio o movimiento natural fundado en una inteligibilidad esencial, que pertenece al orden del mundo de las ideas, esencias, de lo que mueve sin ser movido (principio de la naturaleza misma), que lo debe determinar más allá del mismo cambio.
Las positivistas, también entienden a la educación fundada en la naturaleza de los hechos, pero ahora comprendida desde una pretendida experiencia racional o científica. Se tienen en cuenta sólo los fenómenos naturales, es decir, aquellos que pueden ser explicados por las leyes que rigen la naturaleza en general y la naturaleza de los procesos de socialización por el conocimiento en particular. La educación es entonces una mera disciplina normalizadora del uso de la inteligencia
La concepciones históricas en su generalidad aparecen como críticas a las concepciones naturalistas y pretenden fundar las razones de educar en unaracionalidad capaz de comprender la educación como una práctica histórica, mediada por las acciones sociales. Su concepto central es el deconstrucción histórico social de una subjetividad por otra (de un sujeto educado por otro, antes que educado o más educado) que se produce en los diversos grupos sociales por un complejo de causas y motivos que rigen las diversas formaciones ideológico-discursivas que atraviesan las prácticas históricas. Dentro de estas concepciones encontramos las ilustradas y las prágmáticas.
Para la racionalidad ilustrada –que desarrollamos con más profundidad en el punto 1-, la educación es una cuestión de Estado, ya que trata laconformación de sujetos políticos, aptos para la vida en democracia y económicos, aptos para el trabajo de mercado.
Para la racionalidad prágmática, la educación es una cuestión de “sociedad civil”, ya que trata la formación de sujetos sociales aptos para:vivirdemocráticamente las relaciones cotidianas y construir desde si mismos su propio progreso económico y cultural. La educación se concibe como una práctica social democratizadora, condicionada por espacio y tiempo (historia concreta)
[v] Este camino se coloca en las huellas de Freire, Bourdieu-Passeron, Establet, Snyder, Foucault, Giroux, Bernstein, Apple, McLaren
[vi] Cullen, C. “Introducción” en Crítica de las razones de educar. Bs. As. Paidós. 1996. pp. 17-24
[vii] Cullen, C. “Introducción” en Crítica de las razones de educar. Bs. As. Paidós. 1996. pp. 17-24
[viii] Si bien no argumentaré aquí en este sentido, considero que también cabría referirnos al psicoanálisis iniciado por Freud y su reconocimiento de un sujeto irracional
[ix] Al respecto, Cullen dice:
“No es lo mismo el positivismo progresista, en historia de la educación, que fue crítico del dogmatismo metafísico, que el positivismo reaccionario en los tiempos que corren, que en nombre de la evidencia de los hechos pretende obturar todo pensamiento crítico en el campo educativo.”
[x] Al respecto, Cullen dice:
“No es lo mismo el pragmatismo democratizador, en la historia de la educación, que reaccionó frente a la soberbia iluminista del enciclopedismo elitista, que el actual pragmatismo neoconservador que, en nombre del fin de las ideologías y de las utopías, pretende legitimar y profundizar una clara segmentación y una política de marginación y exclusión”
[xi] Cullen, C. “Racionalidad y Educación. Problemas teóricos y epistemológicos de la educación” en VVAA Filosofía, Cultura y racionalidad crítica. Bs. As. La Crujía. 2004. pp. 17-45

Aportes del pensamiento reflexivo de John Dewey para la educación en la sociedad de alta complejidad

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXVI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXVI [ISSN: 1668-1673]

XIX Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2011

Año XII, Vol. 16, Agosto 2011, Buenos Aires, Argentina | 200 páginas

Plate, Ellen

El conocimiento no es algo separado y que se baste a sí    mismo, sino que está envuelto en el proceso por el cualla vida se sostiene y se desenvuelve. John Dewey
El propósito de este artículo es demostrar que las ideas esenciales de la filosofía pedagógica de John Dewey,
pueden aportar mejoras en la práctica educativa de la sociedad actual.
Durante la primera mitad del siglo XX, John Dewey (1859-1952) ha sido sin duda, el filósofo y pedagogo
norteamericano que contribuyó significativamente en el desarrollo de un nuevo sistema educativo. Como filósofo,
fue uno de los representantes más destacados del pragmatismo1. Conjuntamente con Estados Unidos,
Italia y Japón fueron los países en donde sus innovadoras investigaciones filosóficas y pedagógicas tuvieron
mayor repercusión.
Su obra, que contiene valores morales, sociales y psicológicos, trascendió notablemente en el campo de la
educación2. Su pensamiento filosófico se basó en la convicción moral de que “democracia es libertad”; y esta
argumentación filosófica, y su compromiso práctico con la democracia, se evidenciaron en su carrera como renovador
de la educación.
El pensamiento de John Dewey tuvo un paso progresivo del idealismo al pragmatismo. Fundamentándose
en una psicología funcional e influida por el naturalista Charles Darwin y el pensamiento pragmático de
William James3, elaboró una teoría del conocimiento que cuestionó la tradicional disensión entre el pensamiento
y la acción. Dewey sostuvo que el pensamiento debía cumplir un papel instrumental, mediador y evolucionista para servir a los intereses y al bienestar de los individuos. Es así que se esforzó en demostrar, cómo las ideas filosóficas podían actuar y adaptarse aque las concepciones mentales debían entenderse como etapas del comportamiento del individuo que las genera.
En su teoría del conocimiento afirmó enfáticamente la “necesidad de comprobar el pensamiento por medio
de la acción si se quiere que éste se convierta en conocimiento”.
Si bien John Dewey reconoció la importante visión del naturalismo pedagógico de Rousseau, expresó que los
fines de la educación se originan en el medio social y que no provienen del mero desarrollo de la naturaleza.
De este modo, y en oposición a los acostumbrados métodos educativos de su época, Dewey propuso que el
aprendizaje se llevara a cabo realizando diversas actividades, en lugar de utilizar únicamente, los tradicionales
contenidos curriculares. Dewey no desestimó que el conocimiento fuese el elemento primordial en todo proceso
educativo, pero sostuvo que era preciso que éste, se complementase con procederes a través de los cuales se
realiza ese proceso.
Para su práctica pedagógica, Dewey planteó que al igual que otros conocimientos, los contenidos de estudio eran
el fruto de los esfuerzos del hombre por solucionar los problemas que su propia experiencia le trazaba. Y es
con estas propuestas educativas, que promulgó una ruptura con la pedagogía tradicional.
A su vez, y con igual firmeza sostuvo que lo característico de una educación democrática, era la comunicación
entendida como un proceso de compartir experiencias y, que ésta práctica participativa, promulgaba la interacción
dialoguista y dialéctica.
El “método del problema” formulado por Dewey, consiste en un proceso continuado mediante el cual se
establece que el aprendizaje, debe ser una actividad de investigación, ejercitada por grupos de educandos
tutelados y orientados por el educador. Para Dewey, el método de aprendizaje derivaba de la investigación
científica y, basándose en esta creencia, propuso su metodología educativa formulada en cinco fases:
1. Consideración de alguna experiencia actual y real del niño.
2. Identificación de algún problema o dificultad suscitados a partir de esa experiencia.
3. Inspección de datos disponibles, así como búsqueda de soluciones viables.
4. Formulación de la hipótesis de solución.
5. Comprobación de la hipótesis por la acción.
Es ilustrativa del pensamiento educativo de Dewey la última fase: “comprobación de la hipótesis por la acción,
porque siguiendo el enfoque pragmatista, la práctica es la prueba del valor de la reflexión hecha por el alumno con el objeto de resolver el problema”.
ReflexionesA casi sesenta años de la actuación de John Dewey, es
posible manifestar que sus ideas filosóficas y pedagógicas
son aplicables en el mejoramiento del sistema educativo
actual.
La sociedad de alta complejidad se caracteriza por la
rapidez con que se producen los cambios. En esta realidad,
la tarea pedagógica se desarrolla en un contexto
dinámico y variable. Precisamente en este escenario,
será valioso que el educador genere enseñanzas reflexivas
y continuas, nutridas por las nuevas fuentes
de información y de conocimiento que esta sociedad
dispone.
Si para Dewey el quehacer del docente era crear las
condiciones necesarias para estimular y desarrollar las
facultades activas de los alumnos, con mayor razón se
requiere que el educador de hoy posea un perfil abierto
y flexible, que conlleve al mejoramiento de su práctica.
Si se parte de la convicción que en la sociedad áulica
se enseña y se aprende, la labor educativa debe estar en
conformidad con las necesidades y desafíos que plantean
los nuevos paradigmas. Para promover cambios
favorables en la enseñanza, es menester que el docente
actualice continuamente sus conocimientos, con el sólo
propósito de optimizar sus funciones formativas. Cuando
John Dewey formuló su “método del problema”, debió
admitir que en la práctica, gran parte de los docentes
no estaban formados en los conocimientos teóricos
y prácticos de la filosofía pedagógica que él planteaba.
Para concluir estas reflexiones, se entiende que toda
innovación produce cambios en las interacciones de
enseñanza-aprendizaje, como también propicia una reestructuración
en el comportamiento de la convivencia
áulica. En medio de estas nuevas interrelaciones, el docente
debe saber evaluar el criterio del alumno, sin por
eso perder su autoridad y liderazgo. Cuando Dewey se
refiere a la libertad no apunta a la falta de autoridad,
sino a la independencia como una realidad que permite
a las personas expresar sus ideas. De este modo, el estudiante
dejará de ser pasivo en la recepción de conocimientos
y sabrá asumir con responsabilidad su propia
formación intelectual. Para que estas interacciones sucedan
en la enseñanza-aprendizaje, es menester que a la
comunidad áulica le concierna y se corresponda con las
acciones y características de la sociedad externa.
Notas1 El pragmatismo es una escuela filosófica que se origina
en los Estados Unidos a finales del siglo XIX. La palabra
pragmatismo proviene del vocablo griego praxis que
significa acción. El pragmatismo no es propiamente una
teoría filosófica, sino un “modo de pensar”, en el que
tienen cabida distintas teorías que pueden ser aplicadas
a diferentes disciplinas. El pragmatismo es también
considerado como una teoría del ser humano vista desde
su función cognoscitiva.
2 The school and society (1899) (La escuela y la sociedad),
How we think (1910) (Cómo pensamos), Democracy
and education (1916) (Democracia y educación) y
Experience and education (1938) (Experiencia y educación).
Las obras completas de John Dewey se publicaron
en treinta y siete volúmenes con el título de Collected
works of John Dewey (Carbondale, Southern Illinois
Universiry Press, 1967- 1992).
3 William James (1842-1910), filósofo estadounidense y
profesor de filosofía de la Universidad de Harvard. Influyente
representante de la escuela filosófica pragmática
de Estados Unidos. Su pensamiento se corresponde
con la doctrina que él mismo llamó empirismo radical.
Se lo considera el fundador de la “Psicología de la religión”.
El criterio pragmático de William James llevado
al campo de las ideas, apareció puntualizado como una
confirmación de “verdad” filosófica en su obra: Pragmatismo
los acontecimientos y a las necesidades concretas de la vida cotidiana. Por estas razones aseveró con firmeza,

(1907).

Referencias bibliográficas
- Robert B. Westbrook: John Dewey (1859-1952) (París,
UNESCO: Oficina - Internacional de Educación), vol.
XXIII, nº 05, 1-2, 1993, págs. 289-305. ©UNESCO: Oficina
Internacional de Educación, 1999.
- Paciano Fermoso Estébanez, Catedrático de la Universidad
Autónoma de Barcelona y pionero en el campo de
la sociología de la educación.
- José Antonio Serrano Castañeda: Una vuelta a los orígenes
de la práctica reflexiva en educación.